martes, 15 de febrero de 2011

Sociedad del Conocimiento

José Blanco
Puede leerse en la web de la UNAM un mensaje del pasado 10 de febrero: “A pesar de los avances registrados en materia educativa, México no está inserto en la sociedad del conocimiento, estableció el rector de la UNAM, José Narro Robles. Es preocupante, abundó, que los mexicanos tengan, en promedio, una escolaridad menor a nueve años, un rezago educativo de 33 millones de personas, y casi 6 millones de quienes no saben leer ni escribir. ‘Eso nos hace vulnerables frente a la posibilidad de incorporarnos plenamente al desarrollo’”.

Es aún más preocupante, agregaría en apoyo de lo dicho por enésima vez por el rector de la UNAM, que no sólo no estamos haciendo nada por incorporarnos a la sociedad del conocimiento, sino que ni siquiera nadie en este país lo está discutiendo (al menos públicamente). Sencillamente parece ser un asunto que al gobierno, a los partidos políticos, al propio sistema educativo tampoco le interesa, con rarísimas excepciones, como es el caso referido. Y vaya que hay debate en el mundo desarrollado sobre el asunto.

Escribo el 11 de febrero desde el marco de la OCDE Conference Higher Education in Cities and Regions Stronger, Cleaner and Fairer Regions, que tiene lugar en Sevilla, España. He oído a numerosos conferenciantes de diversos países del mundo exponer las dificultades y los mil puntos de vista sobre las articulaciones de las instituciones cuya responsabilidad es generar ciencia básica, ciencia aplicada y tecnologías, con una industria altamente compleja que en el mundo se desarrolla con velocidad meteórica.

Acaso el programa de mayor valor estratégico de la OCDE sea el Programme on Institutional Management in Higher Education (IMHE), una red internacional de profesionales y líderes de la educación superior, responsables políticos, gestores e investigadores, que ha reunido una vasta información sobre la educación en el mundo. Su propósito es la mejora de la calidad de la enseñanza y el aprendizaje, la medición del desempeño y los resultados del aprendizaje, el acceso y la competitividad regional, haciendo especial énfasis en la innovación.

Oír el discurrir de los conferenciantes de la Conferencia de Sevilla y los problemas que refieren, muestra una falla básica en la operación del IMHE. Una y otra vez, al referirse a la relación universidad-desarrollo industrial, se hace referencia más específicamente a la relación de la industria con la investigación científica y tecnológica. En Sevilla, por ejemplo, está creciendo de manera acelerada una importante industria de generación de energía eléctrica a partir de la radiación solar; una industria limpia, sin lugar a dudas, inmersa en una gran preocupación por la innovación en términos de su productividad. En Andalucía hay también una industria aeronáutica, con preocupaciones análogas. Pero en lo que toca a su vinculación con las universidades, repito, la innovación se espera como un producto de la investigación universitaria. No está mal, por supuesto. Pero en la universidad se piensa en la empleabilidad y se olvida la innovación en la formación de los recursos humanos. En este par de asuntos coincide y converge con la operación del IMHE.

No está mal pensar en el empleo de los egresados, pero sería mejor si se añadiera la preocupación por formar a egresados capaces de innovar al punto de poder volverse empleadores en industrias innovadoras. Algo que sólo es alcanzable si la universidad forma egresados innovadores lo que, a su vez, sólo es alcanzable por conducto de métodos y profesores asimismo innovadores.

En Europa estos egresados están siendo generados por un número creciente de universidades que cruzaron por el proceso de Bolonia, y su cambio radical en la organización del conocimiento y la adquisición del mismo por los estudiantes.

Sin embargo, es observable que, hasta hoy, es prácticamente inexistente la vinculación del trabajo que llevó a cabo el proceso de Bolonia, y la OCDE con su programa del IMHE. Al final de cuentas, las universidades exitosas en las transformaciones creadas por el proceso de Bolonia, terminarán haciendo quizá un mejor trabajo que el que lleva a cabo el IMHE, pero se antoja que una articulación inteligente entre esas universidades y el programa referido de la OCDE sería un atajo haca el crecimiento de la productividad europea.

El proceso de Bolonia ya ha terminado, y continuará, con vida propia, desarrollándose de muy diversos modos en las universidades europeas. Será un desarrollo desigual que dará ventajas a países como Alemania, Finlandia, Noruega o Dinamarca, ventajas ahora más acentuadas, si su educación superior, que tomó la delantera, puede mantenerla.

Ver a México desde estos escenarios, es mirar que cada día que pasa, es mucho tiempo perdido. El debate político sobre la sociedad del conocimiento no está a la vista, y mucho más lejos se ve cómo emprenderemos un camino cuya dirección apunte hacia algún modo de crear un acuerdo nacional producto de la conciencia de nuestro atraso formidable. Sólo crear un sistema de enseñanza básica para los niños, digno de ese nombre en el siglo XXI, se muestra como la cuarta tarea de Hércules. Comienza por limpiar los establos de Augías (aquí llamados SNTE), mediante el desvío de los ríos Alfeo y Peneo, para barrer toda la inmundicia acumulada.

Comunicado conjunto de Carmen Aristegui y MVS Radio

Buzz Mar, 15/02/2011 - 18:05

Los taches de las colegiaturas deducibles

Cubículo Estratégico

Carlos Mota

Bu
  • 2011-02-15•Al Frente

En el condado de Greenwich, Connecticut, uno de los más ricos del mundo, a 35 minutos al norte de Manhattan, las familias de mayor poder adquisitivo pelean porque su casa se ubique dentro de ciertos distritos escolares de educación pública. ¿La razón? Las primarias públicas de la zona se encuentran entre las mejores de Estados Unidos. Los ricos entre los ricos prefieren la educación que provee el Estado.

En los países desarrollados la educación pública es la mejor de todas. Nadie lo disputa. Ir a una escuela privada llega a ser una excentricidad de los nuevos ricos.

En México la educación pública básica es mayoritariamente mediocre. Es tan mala que los hijos de los presidentes, secretarios, subsecretarios, directores y hasta jefes de departamento de la administración pública la evitan a toda costa. Es como ir a un restaurante cuyo chef prefiere comer enfrente, en lugar de degustar lo que produce su propia cocina.

Ayer el presidente Calderón anunció algo que a muchos pone felices, la deducibilidad fiscal de las colegiaturas hasta el límite equivalente al promedio del costo al Estado de la educación pública por alumno. Era un largo anhelo de la clase media alta. En teoría es una buena noticia, pero podemos identificar algunos taches:

El primero es que el Estado está claudicando explícitamente a la posibilidad futura de crear un sistema de educación básica competitivo, que dé la pelea a las escuelas privadas. En el futuro, de entre las familias que puedan pagar ¿quién va a querer inscribir a sus hijos a una escuela pública si además ahora puede deducir las colegiaturas?

El segundo es que el gobierno no le cobra la factura de la mala educación pública al sindicato de maestros de la señora Elba Esther. Por el contrario, ¡el Presidente dijo que el costo fiscal será absorbido con “ahorros”! ¿No había llegado la hora de decirle a la señora que el costo de lo malogrado lo tiene que pagar su sindicato?

El tercero es que la brecha social se ampliará. La sociedad mexicana, clasista como es, tendrá incentivos para pagar incluso una colegiatura más cara, acentuando las diferencias de percepción entre los chicos sobre lo que significa ir a una escuela pública y a una privada.

martes, 21 de diciembre de 2010

5. Análisis: Educando para la mediocridad | Opinión | Denise Dresser

En lugar de educar para la prosperidad, las escuelas públicas del País están educando para la mediocridad. Para la parálisis. Para el rezago. Para que el País, en términos comparativos, pierda cada vez más terreno en la competencia internacional.

A principios de mes se hicieron públicos los resultados de la prueba educativa internacional, PISA, y nuevamente México volvió a quedar en un mal lugar. Quizás en la Secretaría de Educación Pública hay quienes se congratulen porque por lo menos estamos arriba de Albania, Argentia, Azerbaijan, Brasil, Indonesia, Jordania, Kazakhastan, Panama, Perú y Qatar. Pero será un pobre consuelo. A pesar de algunos pequeños avances documentados por la OCDE, las mediciones mostradas en matemáticas, ciencias y lectura resaltan un sistema educativo en crisis. En lugar de educar para la prosperidad, las escuelas públicas del País están educando para la mediocridad. Para la parálisis. Para el rezago. Para que el País, en términos comparativos, pierda cada vez más terreno en la competencia internacional en lugar de irlo ganando.

La verdadera sorpresa para muchos fue la posición de Shangai-China. En su primera medición, la ciudad ocupó el primer lugar a nivel global en las tres áreas evaluadas. Y más impresionante aún: las escuelas chinas con las peores evaluaciones quedaron a la mitad de la tabla de todos los países que participaron, incluyendo los miembros de la OCDE. China, en una generación, ha logrado transitar del atraso a la excelencia, demostrando así que es posible hacerlo. Pero en México insistimos en negar la realidad o cerrar los ojos frente a ella.

En muchos otros lugares del mundo, el avance chino ha producido señales de alarma en los pasillos del poder, entre los maestros, y más aún entre los padres de familia, preocupados por escuelas que no satisfacen las necesidades educativas más básicas. En Estados Unidos, por ejemplo, Barack Obama se ha referido a los resultados chinos como un 'momento Sputnik', recordando cuando la antigua Unión Soviética lanzó un satélite al espacio, demostrando que estaba a la par con su adversario en cuanto a avances tecnológicos. China ahora le demuestra al mundo que también se está convirtiendo en una potencia educativa.

En México, sin embargo, los resultados de la prueba PISA ocuparon las primeras planas de algunos diarios durante un par de días y después el tema regresó al cajón. Al archivero. Al último lugar de las prioridades nacionales, desplazado por la boda de Enrique Peña Nieto, la elección interna del PAN y la última ronda de encuestas políticas.

La pasión por mejorar la educación parece estar confinada a grupos pequeños de ciudadanos preocupados y algunas ONG´s como 'Mexicanos Primero'. Como ha sugerido David Calderón, estamos tan mal educados que ni siquiera sabemos cuan importante es la educación. Pero China lo entiende y en los últimos 10 años ha reformado sus escuelas y entrenado a sus maestros con el objetivo de producir alumnos de clase global. Pero en nuestro País la escuela pública se ha convertido en una fábrica para pobres; un lugar que condena a los mexicanos a quedarse en el mismo lugar en el cual nacieron, sin acceso a la movilidad social y poco preparados para la competencia global.

La mejor manera de reaccionar sería a través de una apreciación crítica y honesta de cómo llegamos a la pésima situación en la que estamos parados. Con altos índices de abandono educativo. Con un nivel de desempleo alto y con una informalidad aún mayor. Con resultados que colocan a los jóvenes en una ruta de colisión con el futuro. La economía global que surgirá de esta recesión será muy diferente: la competencia entre los mercados emergentes será mayor y sólo los países que cuenten con una fuerza de trabajo competente y capaz podrán salir del hoyo. Va a ser necesario un esfuerzo educativo nacional que enseñe no sólo lo básico. Va a ser indispensable producir mexicanos creativos, críticos, pensantes, capaces de entender problemas complejos y cómo resolverlos. Y ello requeriría comprender la urgencia de transformar nuestro sistema educativo para sustituir la mediocridad por la excelencia.

Muchos piensan que eso no será viable mientras Elba Esther Gordillo siga al frente del SNTE. Mientras los maestros puedan vender, heredar o intercambiar sus plazas por favores sexuales. Mientras los gobernadores puedan oferecer plazas al mejor postor y hagan de ello un gran negocio. Mientras la clase política conciba a la educación como un coto político en vez de un trampolín social. Hoy el debate incipiente en torno a la educación está imbuido de un gran pesimismo frente a obstáculos que parecen insuperables.

Pero como lo revela un reporte reciente de McKinsey sobre la evolución de veinte sistemas educativos en lo últimos años, el cambio es posible y no habrá que esperara hasta que La Maestra se muera para instrumentarlo.

En sitios donde ha habido mejoras sustanciales, el cambio ha ocurrido en periodos relativamente cortos, en países con culturas muy distintas, con niveles de ingreso muy diferentes, con divisiones étnicas muy marcadas, en sistemas federales y en sistemas descentralizados. A cada paso del viaje hacia la excelencia educativa hay estrategias comunes: México necesita dejar de mirarse el ombligo y estudiar lo que están haciendo otros países en el mundo.

Al país le urge mejorar la calidad de sus maestros, enfatizar la excelencia por encima de la cobertura, reclutar a sus mejores graduados y canalizarlos hacia la profesión educativa, otorgarle al maestro la autonomía y la dignidad perdidas. Todo ello requerirá un liderazgo para la transformación profunda que ha estado ausente hasta el momento en la SEP. El progreso modesto de los últimos años simplemente no es suficiente a pesar de la retórica oficial al respecto. México necesita un Secretario de Educación Pública cuya ambición sea ascender a los primeros lugares de la prueba PISA en menos de una generación, y no personas que calientan la silla detrás del escritorio de José Vasconcelos en espera de un dedazo presidencial. La SEP ya no puede seguir perdiendo el tiempo, conformándose con avances milimétricos, congratulándose con cambios microscópicos, manteniendo a los mexicanos rehenes de una educación que los condena a la mediocridad.

La ruta internacional a la excelencia es clara y con buena señalización; sólo falta la voluntad política para tomarla. En un mundo globalizado, el éxito estará definido por individuos y sociedades que logran adaptarse con velocidad y cambiar sin oponer tanta resistencia. Si no somos capaces de entender este "momento Sputnik" y los retos que implica, seguiremos atados a la tierra mientras los chinos ascienden a la estratósfera

sábado, 20 de noviembre de 2010

Heroínas desconocidas

1. Le llamaban la Capitana pero su nombre era Manuela Molina. Algunas crónicas señalan que era originaria de Taxco, otras la ubican en Texcoco. El grado se lo otorgó la Suprema Junta Nacional Americana -órgano de gobierno del movimiento de independencia- levantó un grupo armado y lo puso al servicio de la causa de la causa. Participó en 7 batallas, pero entre sus fines estaba conocer personalmente al cura Morelos, recorrió más de 100 leguas para llegar a su campamento expresando después de lograrlo, que podía morir gustosa aunque la despedazara una bomba de Acapulco. Logró ver consumada la independencia, y según refiere el cronista Luis González Obregón, falleció en 1822, a consecuencia de dos heridas que recibió en un combate y que la tuvieron postrada año y medio.

2. Natural de Mocorito, Sinaloa, Agustina Ramírez no fue una madre común. Durante la guerra contra la intervención francesa y el imperio de Maximiliano (1862-1867), enfrentó la muerte de su marido, pero no lo lloró, tomó valor y ofreció la vida de doce de sus hijos a la causa de la República y de Juárez. “Os los entrego, porque cuando la patria está en peligro, los hijos ya no pertenecen a los padres”, dijo en aquella ocasión. No perdió uno o dos hijos, sino los doce. Según cuenta la historia, Agustina dejó una frase para la posteridad: “¿Por qué, Dios mío, no tengo otro esposo y otros doce hijos para que continúen defendiendo a la patria del invasor?”.

3. Para una mujer, estudiar obstetricia cuando iniciaba la década de 1870 parecía un despropósito. Sin embargo, a Matilde Montoya ingresó a la Escuela de Medicina y obtuvo su título de obstetra en 1873. Comenzó a ejercer su profesión de partera con éxito. Por una enfermedad dejó la ciudad de México para instalarse en Puebla donde pronto alcanzó notoriedad, lo cual fue mal visto por los médicos varones, quienes la difamaron y calumniaron hasta que la obligaron a marcharse. Pero regresó por sus fueros. En 1880 se matriculó en la Escuela de Medicina para recibirse de médica cirujana. Las familias conservadoras la acusaban de “impúdica y peligrosa innovadora” pero nada la detuvo. En 1887, don Porfirio entregó a Matilde, el primer título de médico cirujano que se otorgaba a una mujer en toda la historia de México.

Matilde Montoya

4. Manuela de la Garza era originaria de Piedras Negras. Su férrea oposición a los crímenes del huertismo la llevó por los senderos de la revolución constitucionalista como contrabandista de armas y enfermera. En 1914, Manuela escribió una proclama incendiaria: “¿Qué más bello cuadro que esa legión de mexicanas, de abnegadas que dejan la tranquila paz de sus hogares para arrancar del borde del sepulcro al triste soldado que agoniza; y levantar sobre el cadáver de infames esclavistas cada vez más alto el estandarte del honor, y protestar con la fuerza de las armas contra los déspotas que en mala hora llegaron por una senda sembrada con cráneos de invictos paladines a usurpar la más alta investidura del poder?”. Manuela dejó la revolución en 1915, decepcionada al ver que los propios revolucionarios sacrificaban a la República luchando entre sí.

5. Conocida como la “Destroyer”, María Zavala ayudaba a bien morir a los soldados. Durante la rebelión delahuertista (1923-1924) contra el gobierno del presidente Álvaro Obregón se le veía recorrer los campos cargando hierbas de olor y recitando rezos para dar los santos óleos a los combatientes que agonizaban. Utilizaba aceites y menjurges para ungir y amortajar los cadáveres y con ayuda de algunos hombres, les daba cristiana sepultura. Los soldados lo agradecían.

María Zavala

¡Viva Zapata! ¡Zapata vive!

Por Sandra B. de Frid.

En pleno 2010, hay gente que asegura que Zapata no ha muerto, se los “dice el corazón”. “Aquí no lo supimos merecer -afirman otros-, cuando lo mataron, donde salpicó su sangre brotaron rosas”. Sí, hay quien espera el regreso del caudillo.

Hombre recio y candoroso, digno representante de la patria, Zapata es un mito viviente. Nació en Anenecuilco, un pequeño pueblo sobreviviente de la Conquista, a sólo unos kilómetros de Cuautla.

Emiliano Zapata, el noveno de diez hijos, nunca fue pobre, pero tampoco rico, pues es bien sabido que esa era una situación imposible de alcanzar. Su padre, don Gabriel, hombre tranquilo y trabajador, se dedicaba a las labores del campo. Él y su mujer, Cleofas, les dieron a sus hijos los principales rudimentos de la instrucción primaria. A Miliano le gustaba leer por las noches.

Por su talento para montar, Zapata era reconocido como charro entre charros

Por su talento para montar, Zapata era reconocido como charro entre charros

De su padre recibió una yegüita, “La Papaya”; de su abuela materna, una novilla, “La Regalada”. A los 9 años presenció dos sucesos: la destrucción de casas y huertos del barrio de Olaque y a su papá llorar ante aquello. “Padre -le dijo con voz clara y fuerte-, cuando sea grande haré que nos devuelvan nuestras tierras”.

A los 12 años, como el resto de los hijos de campesinos, comenzó a trabajar en las labores del campo. Vio desaparecer hasta los cimientos de varios pueblecillos devorados por las haciendas. Al fallecer don Gabriel, Emiliano se convirtió en jefe de familia. Heredó una pequeña propiedad y luego arrendó otra más grande donde sembró sandías y recibió buenas utilidades.

Allá por el año 1907, trabajaba como caballerango en la hacienda de Atlihuayán y en sus ratos libres, se iba a capturar caballos cerreros a los cuales amansaba hasta hacerlos “de rienda”, para luego venderlos.

Su pueblo, igual que muchos otros en Morelos, fue despojado de sus tierras por la hacienda vecina. Se organizó una comisión para pedir justicia, de la que Miliano formaba parte. Indignado ante el fracaso, convocó al pueblo incitándolos para que tomaran posesión de sus tierras. Esta fue la chispa que encendió la mecha revolucionaria.

Alto, delgado, de impecable figura. Tez morena clara. Ojos oscuros, vivos, de mirada intensa que todo lo veían y que a veces parecían a punto de derramar lágrimas. Cejas pobladas; bigotes grandes. Cabello negro. Siempre un puro entre sus dedos. Pantalón ajustado, de raya ancha: a veces roja, otras blanca; botonadura de plata y cinturón de cuero. Camisa de tela de holanda cruda con la pechera alforzada y almidonada. Chaqueta; paliacate en el bolsillo. Botines de piel de una pieza, espuelas, pistola y gran sombrero charro. Hombre de pocas palabras, cuando hablaba, era firme y tajante. Afectuoso y considerado con sus subordinados; verdugo del explotador. Ídolo, líder, defensor de campesinos y despojados. No era parrandero; enamoradizo…, eso sí. Conocedor de caballos, montaba las mejores sillas. Lazador experto, valiente torero, domador imbatible. Le gustaba el buen coñac.

Recepción de Madero en Cuernavaca organizada por Zapata, 1911

Recepción de Madero en Cuernavaca organizada por Zapata, 1911

Emiliano ganó popularidad, admiración y respeto entre viejos y jóvenes. “Me hierve la sangre de muina”, les decía al ver tanta injusticia. Tachado de bandido, desde la serranía de Ayoxustla, se propuso lanzar un Plan donde requería la restitución de las tierras a sus verdaderos dueños. Es entonces cuando los revolucionarios, fortalecidos, acosan sin cuartel a los federales. Estos últimos saquean e incendian pueblos enteros, ahorcan a los alzados, toman rehenes, violan a las mujeres.

Los zapatistas: campesinos vestidos de manta blanca, con sombreros de petate y armados con cananas y machetes, vuelan trenes. Unos a pie, otros a caballo, preparan emboscadas y, de esos golpes, logran hacerse de algunas armas de fuego. Los pueblos los proveen de información, tortillas, parque.

Zapata no quiso nada para él: honores, cargos, ni siquiera las grandes fortunas de los ricos que huían del país. Todo para su gente: “leyes parejas para pobres y ricos. Dar dignidad, hacer que la gente se sienta humana”. Odiaba la traición, la ambición, a los sinvergüenzas que sólo anhelaban el poder.

En agosto de 1911 se casó con Josefita Espejo, joven, de tez blanca y bonitas facciones. 53 guajolotes y 6 terneras se sacrificaron para la comida de bodas, a la que el novio y el padrino, Francisco I. Madero, no pudieron llegar, pues la fuerzas de Victoriano Huerta estaban tomando posesión del cerro de las Tetillas y se preparaban para continuar su avance sobre la población.

Hombre recio y candoroso, hecho de una sola pieza, vivió para recuperar las tierras de los ejidos.

El clarín tocó tres veces. La guardia parecía hacerle honores. Al extinguirse la última nota, llegó al dintel de la puerta de la hacienda de Chinameca el General en jefe sobre su alazán; los soldados descargaron dos veces sus fusiles, así, a quemarropa. Inútil la resistencia: los hombres de Guajardo, el traidor, parapetados por todas partes, descargaban sus fusiles sobre un puñado de hombres sorprendidos, consternados por la muerte de su héroe, su general.

No fue su gente la que recogió el cuerpo sin vida del ídolo. No tuvieron tiempo. El enemigo, aprovechando aquel momento de desolación, los batió encarnizadamente y ordenó que metieran el cadáver a la hacienda.

Este es el hombre generoso y astuto, firme y tajante al que le han compuesto corridos y poemas; grandes artistas lo han pintado y muchos otros lo hemos soñado

100 años después

Se considera a 1910 como el año de inicio de un movimiento político, campesino y social que reclamaba más democracia, el reparto de tierras para los trabajadores y mayores derechos laborales. Un siglo después ¿qué queda de aquellas reivindicaciones? ¿Cuál es el balance de lo conseguido y lo pendiente?
Sufragio efectivo, no reelección

La presencia de Porfirio Díaz como presidente durante buena parte de fines del siglo XIX y comienzos del XX y el sistema por el cual se elegía entonces al mandatario (sufragio indirecto) despertó los recelos de quienes reclamaban el fin del "Porfiriato" y la celebración de unas elecciones libres mediante sufragio directo y universal, así como poner fin a la reelección presidencial sin límite. La Constitución de 1917 introdujo el voto universal, y en los años '50 las mujeres vieron reconocido su derecho a votar.
Sufragio efectivo, no reelección - Cuartoscuro
Además, en México, a diferencia de otros países de la región como Venezuela, Colombia o Bolivia, no existió una reforma que abriera la puerta a la reelección del mandatario (el presidente tiene como límite un mandato de 6 años). Sin embargo, en otros niveles de gobierno, como el municipal, sí existe la posibilidad de reelección, y algo parecido sucede con los representantes en el Congreso. "Sí ha habido un debate implícito sobre el tema de la reelección, aunque no tanto a nivel presidencial", explica el historiador Francisco Javier Moreno. "Se sigue discutiendo por ejemplo a nivel de otras organizaciones, como las sindicales, donde algunos líderes llevan décadas al frente de sus organizaciones", cuenta.

¡La tierra para el que trabaja!
¡La tierra para el que trabaja! - Cuartoscuro
El movimiento campesino es quizás uno de los más representativos de la Revolución mexicana. Por entonces pedían la expropiación de las tierras y una reforma agraria que beneficiara a los campesinos en detrimento de las grandes familias propietarias.
El reparto agrario se consolidó en los años '30, bajo la presidencia de Lázaro Cárdenas. Sin embargo, más tarde llegaron reformas que mitigaron aquel proceso revolucionario. La más destacada, bajo el gobierno de Carlos Salinas, cuando se modificó el artículo 27 de la Constitución. Bajo la nueva legislación se acababa con la aspiración (y hasta entonces, mandato constitucional) de dar tierra a todo mexicano que la solicitara.
"La tecnificación de la industria agrícola también trajo un nuevo tipo de propiedad de la tierra -dice Moreno-, a menudo basada en la exportación de productos a otros países, donde millones de campesinos han abandonado los campos para ir a trabajar a Estados Unidos".

Organización de los trabajadores
Organización de los trabajadores - Cuartoscuro
La naciente clase obrera mexicana trabajaba hace 100 años en industrias minera, petrolera o textil a manos de capitales extranjeros. Su revolución, de tinte anarco-sindicalista, exigía un salario mínimo, jornadas menos largas y derecho a organizarse en sindicatos, entre otras reivindicaciones laborales.
Hoy, una comisión nacional es la encargada de fijar los salarios mínimos en el país. A fecha de 2010, estos oscilan de los 54 a los 57 pesos diarios, dependiendo de la zona geográfica. Y el Sistema de Seguridad Social mexicano es uno de los más "vigorosos" de la región en servicios médicos o prestaciones sociales, según Francisco Moreno, profesor de la Universidad de Guadalajara.
Sin embargo, los trabajadores mexicanos enfrentan otros desafíos en un país con un 5.70% de desempleo que tiene firmado un Tratado de Libre Comercio con sus vecinos del norte. "Los sindicatos no son tan combativos como en Europa", dice Moreno. "Y la globalización o la importancia de la economía informal están suponiendo una amenaza a los principios revolucionarios, que no han llegado por igual a todos los estratos de la sociedad", añade.

Educación laica, gratuita, popular
Educación laica, gratuita, popular - Cuartoscuro
"Es uno de los puntos donde podríamos ser más optimistas en cuanto a la herencia de la Revolución", opina Moreno.

100 años después de la contienda, México presume de tener la universidad más grande de América Latina, la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), y casi el 7% del Producto Interior Bruto se dedica a la Educación. Sin embargo, el índice nacional de analfabetismo de la población adulta es aún del 7.4%. Y el propio gobierno mexicano reconoce que siguen existiendo desigualdades regionales, de género y entre grupos sociales en el ámbito de la educación.



BBC Mundo.